Hablemos de Valores
Estamos en la primera década del siglo XXI, preguntándonos como padres y educadores por la crisis de valores. ¿Es nueva esta crisis? ¿Es distinta de las anteriores? ¿Qué quiere decir que haya crisis de valores? Ya en el siglo IV AC Aristóteles se preocupaba por transmitir valores a su hijo Nicómaco. La adolescencia ha sido siempre un momento vital lleno de energía y por suerte, de cuestionamientos a las generaciones anteriores.
Lo peor que nos podría pasar como adultos es ver nuestra propuesta de mundo repetida por nuestros hijos. Les mostramos dos guerras mundiales, la guerra fría, Corea, Vietnam, Malvinas, Ruanda, Afganistán, Sudán, Irán, September 11, Irak, ¿sigo? Ojalá que los jóvenes encuentren otro camino y que no repitan nuestro modelo. Nosotros en nombre de los valores cazamos brujas que no existían, matamos a los que no tenían un determinado color de ojos, o a los que tenían un proyecto de nación distinto del que el poderoso de turno consideraba acertado.
El mundo en que crecimos era esencialmente cristiano: los valores se inculcaban desde el púlpito. Los curas nos enseñaban a ser buenas personas, y el camino no tenía bifurcaciones. Había que seguir los mandamientos, los cuales tenían un valor absoluto. El que obedecía visiblemente los mandamientos tenía como premio la eternidad. El que no obedecía los mandamientos iba al infierno. Los tibios, los “ni”, iban al purgatorio.
Además de los mandamientos existía una serie de dogmas, que nadie cuestionaba, que también había que obedecer. Debíamos comer pescado los viernes, ir a la misa los domingos, no comer durante una hora antes de la comunión, cubrirse la cabeza al entrar a la iglesia… Después vino el Concilio Vaticano II y algunas cosas cambiaron. Pudimos ampliar la dieta los viernes, sacarnos la mantilla y asistir a una misa que finalmente íbamos a comprender, porque sería dada en nuestro idioma y no en el difunto latín.
Poco tenían que hacer los padres para transmitir valores a los hijos. Hacerse eco de lo que dijera el pastor, cura o ministro bastaría. El mensaje era unívoco. El mundo estaba organizado en estructuras claras, compartimentos divisibles, que ayudaban a ordenar. En un lugar estaban los buenos, en el otro los malos. Obviamente que lo bueno siempre estaba de este lado y lo malo del lado de allá, o de los otros. El miedo al infierno, el miedo a la condena social, actuaban naturalmente de contención sobre el actuar humano. Fácil, absoluto, y eficaz. Cuanto más miedo se inculcaba desde el púlpito, más orden habría en la sociedad. Cuanto más respeto se le tenía al prelado, mejor funcionaba la sociedad.
El pensamiento positivista impregnaba todo el pensar y el hacer. El pensamiento moderno, mayoritariamente inductivo/deductivo era implacable y solo bastaba aplicar la lógica a ciertos efectos para saber qué consecuencias tendrían. Y con la modernidad fuimos cambiando creencias y pasamos de la religión a la ciencia. Pero siempre respetando los absolutos.
Todo el sistema tenía un soporte filosófico importante. La filosofía realista, aristotélica tomista, que impregnaba el mundo académico, permitía que el mundo viviera convencido de la posibilidad de las certezas. Si bien la filosofía siguió avanzando, quizás cometió el error de no hablar en idioma que pudiera entenderse sin base filosófica. La iglesia se aferró al pensamiento tomista, y cerró su entendimiento a cualquier otro planteo filosófico. El deslinde del ser y la preeminencia de la existencia fueron para la iglesia pensamientos “malos”, pensados por filósofos no cristianos con ganas de confundir.
No me cabe la menor duda de que es más fácil pensar en términos absolutos. Al ser humano no le gusta la incertidumbre. La certeza brinda tranquilidad, un marco conceptual en el que las ideas se ubican fácilmente, cada una en un compartimiento. El principio de no contradicción, las cualidades de la esencia, la existencia como expresión de esa esencia, son de fácil comprensión y cuajan con el pensamiento más primitivo de los humanos, de que existe un creador omnipotente, perfecto, hacedor de todo.
Pero por diversas razones el mundo seguro de valores absolutos, dividido en buenos y malos se acaba. La filosofía sigue su camino y logra finalmente desprenderse del mito de la caverna de Platón, que tan hondo cavó en el pensamiento occidental. Se comprueba desde el pensar que no hay esencia que preexista a la existencia. El pensamiento existencialista logra un vuelco paradigmático que tira por la borda años de filosofía realista. Adiós a la sustancia.
Pero no es solamente la filosofía la que destruye los absolutismos. Por un lado, la filosofía logra desestabilizar al absolutismo y al positivismo académico. Pero por otro lado, la realidad del siglo XX hace que muchos se cuestionen la existencia de Dios. ¿Cómo un Dios bueno, todopoderoso y omnisciente puede permitir las atrocidades de las guerras mundiales? La respuesta del libre albedrío no satisfizo a la gran mayoría. Por lo tanto, ambos caminos, el filosófico y el religioso llevaron al mismo final: la caída de los valores absolutos.
Crisis de valores
Escucho por doquier a la gente decir que ya no hay valores. Los valores están en crisis. ¿Es posible que sean los valores los que están en crisis? Pero si no hay absolutos y los valores son constructos de los humanos, no podrán estar en crisis ellos mismos, como si ellos pudieran ser. Entonces lo que probablemente estemos diciendo es que cuando los seres humanos actúan están demostrando otro valorar. Cada vez que elegimos entre una cosa y otra, valoramos. La única forma de no valorar es no actuando, y si no actuamos, es porque estamos presos o enfermos (de alguna manera sin libertad) o muertos. Los seres humanos nos pasamos la vida valorando. Desde que elegimos levantarnos a la mañana, valoramos. Hacer algo en lugar de aquello, significa priorizar y por lo tanto poner valor.
Lo que sí está sucediendo es que a los adultos no nos gustan las acciones que eligen los adolescentes. Por lo general ni siquiera sabemos cuál es el valor detrás de la elección de la acción. Porque no preguntamos. Y de esto quiero hablar: de por qué los adolescentes eligen como lo hacen. Y si no nos gustan sus elecciones, quiero pensar por qué, y qué propongo en su lugar, porque ya dijimos que no queremos repetir nuestro modelo. Si los valores que generaciones anteriores supieron defender, no llevaron a un mundo de paz y armonía ¿por qué querer que los adolescentes tengan nuestros valores?
El error que cometimos los adultos de antes y de ahora, fue el no suplantar esas lecciones de abrumadora contundencia del clérigo de turno, por otras que pudieran ser comprendidas, sin absolutismos, pero con la ventaja de sostener ciertos principios que ayudan a vivir en paz y armonía. El sostén de los valores modernos, está en su utilitarismo. Todos, adultos, adolescentes y niños, mayorías y minorías, ricos y pobres, todos viviríamos en un mundo mejor si estuviéramos dispuestos a consensuar aquellos valores con los que queremos vivir y entendiéramos el por qué de la elección. Sólo así comprenderemos que vale la pena vivir con ciertos valores, y dejaremos de lado otros que no llevan a una mejor sociedad.
Los adultos dejamos de hablar del tema. O quizás nunca aprendimos a hacerlo. Si el cura ya no era escuchado, había que suplir la carencia. La mayoría delegó en la escolaridad la transmisión de valores, sin darse cuenta, que en la escuela también se aprende historia, y también se lee literatura, y que ambas conspiran en contra de la transmisión de esos valores absolutos de antaño. Y algunos, en lugar de pensar en los valores de una forma nueva, volvieron para atrás, a los tiempos del medioevo, y se refugiaron en el pasado con la fuerza del fundamentalismo.
El camino de la fe, es un camino posible, de acceso libre, que lleva a un cierto orden social de gran valor. Aquellas personas que accedan a los valores por medio de su creencia, lograrán un orden en sus vidas que llevará al bienestar social. Siempre y cuando no entren en fanatismos y quieran “convertir” a los infieles. Pero las mismas palabras con las que hacemos referencia a la religión nos limitan nuestro entendimiento al campo de la no certeza, ya que creer es justamente el no saber. Creemos ante la imposibilidad de saber. El adolescente suele buscar certezas, y no las encuentra en la religión.
Yo propongo otro camino: el camino del discurso, de la palabra que crea existencia. Por delante podremos tener un mundo de personas tristes y obsoletas que siguen deseando el regreso a un pasado que ya no es, o podremos tener un mundo un poco mejor, simplemente porque algunas personas se dispusieron a hablar del tema bajo una nueva luz. Por lo tanto, hablemos de valores.

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